Web personal de Ricardo Fernández Moyano

Relato

Algo de Cada Uno
     
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Presentación en Zaragoza


Algo de Cada Uno


REGRESO A UTOPÍA

Aquel verano tenía todos los ingredientes para ser un verano feliz. El sol, la playa, la brisa, el mar... todo me envolvía en una aureola de ensueño y ternura. se respiraba paz por todas partes y hasta los elementos parecía que se habían puesto de acuerdo para que al fin conociera la felicidad. En aquellas vacaciones que pasé en este pequeño pueblo de pescadores traté de olvidar por unos días el estruendo de la ciudad, las prisas, la polución, ese angustioso ir y venir que a todos nos hace tener los nervios a flor de piel y, sobre todo, el pegajoso olor a tinta de la imprenta y el monótono vaivén de aquellas máquinas infernales entre las que había perdido la poca tranquilidad que me quedaba.

Todo comenzó el día que oí comentar, casi por casualidad en la cantina del trabajo, que existía un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido por completo. Allí la vida era de lo más pacífica y maravillosa que pudiera imaginarse y hasta afirmaban que aquellos pescadores eran completamente felices. Aunque su relato me dejó un tanto escéptico, poco a poco se fue apoderando de mí la fuerza y la magia de aquellas palabras escuchadas casi a hurtadillas. Sólo pensar en la paz y armonía que allí podría encontrar, hizo cambiar mi vida hasta el punto de descubrir una luz y un sosiego interior que hasta entonces no había tenido. Cuando el pesado traqueteo de la imprenta me ponía al borde del delirio, con sólo volar a aquel pueblecito junto al mar recuperaba la tranquilidad y la calma perdidas.

Por eso no es de extrañar que, al llegar las vacaciones, decidiese irme a descansar a ese lugar buscando respirar aquel aire puro y limpio, libre de la contaminación y los ruidos de la ciudad. Cuando llegué allí, un cierto desencanto se adueñó de mí, ya que el pueblo no era más que unas quince o veinte casitas de madera y adobe que rodeaban a un gran pabellón. Fui acogido con gran hospitalidad por los lugareños, y uno de los pescadores se ofreció para hospedarme en su casa. Desde aquel momento una gran paz me inundó por completo y esa dulce sensación ya no me abandonaría en todas mis vacaciones.

La vida allí era muy solidaria, nadie era dueño de nada, todo lo compartían y en las casas sólo había lo mínimo necesario para hacerlas habitables. Los utensilios comunes se situaban bien en el pabellón, que hacía las veces de biblioteca-comedor, o bien en el almacén. Aunque tenían dinero apenas lo necesitaban para adquirir aquellas materias primas que ellos no podían elaborar. Se levantaban con el alba y después del desayuno que se tomaba en el pabellón, al igual que el resto de las comidas, cada uno se marchaba a su labor. Todos se dedicaban a las mismas tareas, turnándose según las necesidades o época del año. Así, el trabajo no resultaba monótono para nadie.

Lo que no consumían, lo vendían en el mercado de una ciudad cercana y el dinero que obtenían, parte lo guardaban para sus necesidades más inmediatas y el resto iba destinado a un fondo común compartido con otros pueblos vecinos con un régimen de vida parecido y con él ayudaban a los enfermos y pobres de la región. Por la noche, antes de marcharse a descansar, rezaban juntos, leían algún libro o escuchaban música y los sábados había fiesta con baile y bebida hasta bien avanzada la noche. Todos eran iguales en todo. La mujer tenía los mismos derechos y obligaciones que el hombre, trabajaban en las mismas tareas, de las que sólo eran relevadas durante el embarazo y la lactancia; así mismo el hombre se ocupaba de las tareas consideradas tradicionalmente como propias de la mujer. Su única preocupación era el bien común y la felicidad de los demás.

Al principio me costó mucho acostumbrarme a su modo de vida, incluso los primeros días pensé en volverme a la ciudad, tan habituado estaba a moverme en ella que ahora echaba en falta vagar por sus calles y plazas.

-"A nosotros no nos cuesta ningún esfuerzo vivir como lo hacemos. Este ambiente, por conocido, nos resulta cercano. Creo que así somos felices. No nos atrae nada de una vida donde el dinero sea más importante que las personas".

Así me habló uno de los lugareños cuando le confesé mis dificultades para aclimatarme, pues allí se compartían tanto los buenos como los malos momentos y aunque no había muchos espacios para la intimidad, no parecían echarla mucho de menos.

–"Seguramente a nuestros antepasados les debió ocurrir algo parecido, pues antiguamente aquí la vida en nada se diferenciaba de la del resto del mundo. Fue con la llegada, hace casi dos mil años, de un viajero llamado Pablo que les dio a conocer cómo en otras partes del planeta había hombres y mujeres que estaban intentando vivir de una nueva manera, compartiendo sus vidas y bienes poniéndolo todo a disposición de los demás. Su mensaje prendió pronto en sus corazones y emprendieron con entusiasta dedicación poner en práctica sus palabras. Con el tiempo, se fue transmitiendo de generación en generación y así hasta el día de hoy".

A pesar de las dificultades, este estilo de vida me resultó tan atrayente y esperanzador que me fui aclimatando a él casi sin darme cuenta, participando en todas las tareas. Incluso llegué a hacerme a la mar para ayudar en la pesca, lo que me resultó duro y reconfortante a la vez. Es allí, en alta mar, donde la verdadera solidaridad se hace más patente y como las redes están vacías la mayor parte del tiempo, uno aprende a tener paciencia y a vivir con calma y serenidad, tan necesarias en todas las facetas de la vida. No es extraño que el Maestro, cuyas enseñanzas les transmitió Pablo, comparara la difusión de la Buena Noticia con el arte de la pesca.

Así que finalmente me encontré totalmente vinculado a la vida de aquel pueblo, al que yo llamé nostálgicamente UTOPÍA, en recuerdo de la obra de Tomás Moro del mismo título que tan buenos momentos me hizo pasar en mi juventud.

Cuando más integrado me sentía llegó irremediablemente el día de mi partida, teniendo que volver a la rutina exasperante de la ciudad, a mi trabajo y a la lucha diaria por la supervivencia. Todo lo que hasta entonces había sido mi vida me parecía distinto, distante y ajeno, pareciéndome mentira que hubiera llevado una existencia tan absurda y llena de complicaciones.

Me costó mucho volver a la rutina de la ciudad. Desde aquel día las cosas me fueron de mal en peor, no conseguía concentrarme en mi trabajo, hasta el punto que una máquina casi me arranca un brazo.

Una mañana sucedió algo inexplicable e inaudito. Al incorporarme de la cama y mirarme en el espejo, descubrí que mi imagen se iba diluyendo poco a poco. Bien es cierto que los días anteriores había notado algo raro en el reflejo, pero pensé que el azogue se estaba estropeando. A continuación me miré en otros espejos comprobando que ocurría lo mismo. Conforme fueron pasando los días era cada vez más tenue, hasta que una mañana descubrí con estupor que ya no estaba ¡había desaparecido por completo! En ese mismo instante llamaron la puerta, era mi casero que venía a cobrar el alquiler y al no ver mi imagen en el espejo quedó atónito y sin dar crédito a sus ojos salió corriendo escaleras abajo como el que ha visto un fantasma.

Recabé la opinión de varios psicólogos y psiquiatras, pero ninguno supo dar explicación alguna a aquel extraño fenómeno. Sólo un amigo, aficionado a la parapsicología, me comentó burlonamente que los únicos que no tenían imagen eran los vampiros y los zombis.

Tal era mi confusión, que una mañana decidí dejarlo todo y marcharme a aquel pueblecito donde por primera vez había sido feliz. Al fin y al cabo –pensé- allí no echaré de menos mi imagen. Durante el viaje, mientras recordaba los buenos momentos vividos en UTOPÍA, comprendí lo que me había sucedido. Al llegar me despedí de mi imagen nítida, recuperada en el espejo del autobús, y desde entonces vivo aquí compartiendo mi vida con las gentes de este pueblo del que nunca debí salir y al que estáis todos invitados.


Ricardo Fernández Moyano


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