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Poesí­a: Divulgación

Poetas suicidas: sensibilidad o supervivencia


Durante la lectura de "El viejo y el mar" de Hemingway en mi primera juventud, me conmovió profundamente leer en su reseña biográfica que él, al igual que su padre, se hubiera suicidado. Multitud de interrogantes se abrieron entonces en mi mente: ¿locura?, ¿angustia?, ¿miedo?, ¿qué puede llevar a una persona a dar fin a su vida adelantando así el final de su existencia, sobre todo siendo un escritor de reconocido prestigio?

Autodestrucción, marginalidad, locura, alcoholismo... muchos escritores hicieron de su vida una angustiosa metáfora existencial. Cercados por una vida efímera y por sí mismos, sólo su voz lírica les permitió respirar. Son muchos los poetas suicidas, y no hay que remitirse al romanticismo para ello.

Al conocer la noticia del fallecimiento del cantautor madrileño Hilario Camacho en agosto de 2006 a causa de la ingestión de un envase de ansiolíticos y tras preparar una ponencia sobre Violeta Parra, que terminó con su vida en el mejor momento de su carrera artística de un disparo en 1967, me planteé realizar un estudio sobre el suicidio en la literatura, y más concretamente, por mi especial inclinación a la poesía, sobre los poetas suicidas, bucear en sus obras tratando de descubrir las motivaciones y situaciones que les llevaron a tomar tan terrible decisión.

Poeta no es sólo alguien que escribe versos. El poeta vive la vida con intensidad desbordante y, ante el reto del papel en blanco, siente la necesidad de plasmar en él todas sus contradicciones, angustias y quimeras. "Escribo para exorcizarme", dirá Ángel Guinda en uno de sus aforismos, y es en ese ejercicio de autoexorcismo donde busca el poeta la manera de reconciliarse con el mundo, liberarse de sus propios fantasmas y encontrar la serenidad y equilibrio necesarios para hacer frente a las paradojas de su existencia, pletórica unas veces, otras ambigua o cruel pero siempre sorprendente.

La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia.

Alrededor del suicidio hay toda una mitología, un aura de misterio, como si dichos autores, después de muertos, nos quisieran seguir revelando su pensamiento. Tal ocurre, por ejemplo, con Virginia Wolf: se cuenta que desde que hallaron su cuerpo en las frías aguas del Ouse, un cisne blanco da vueltas sin parar alrededor del lugar donde se sumergió en las aguas.

El suicidio en la literatura se ha magnificado en exceso, pues existen obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por autores que murieron en sus camas y nunca buscaron la muerte.

Si estos poetas no se hubiesen matado, sus creaciones no serían peores por eso y no hay más que leer sus poemas para darnos cuenta de todo el placer del que nos privaron al dejarnos sin una obra posterior que se adivina magnífica, al igual que sucede cuando escuchamos las deliciosas canciones de Hilario Camacho.


Ricardo Fernández Moyano
 

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