Web personal de Ricardo Fernández Moyano

Poesí­a

Rituales de identidad

"No tengo más remedio que escribir, / dejar regueros de vida en la vida / en esta estéril lucha contra el tiempo". Son versos de un libro anterior, Transparencias (2002), de Ricardo Fernández Moyano (Minaya, Albacete, 1954). En ellos deja claro que la escritura no es para él cualquier cosa: "Escribir es vivir en agonía". Antes, habí­a explicado la relación amorosa en otro libro, Tras la huella del tiempo (1996): "me elevé a tus pupilas abismales, / me diste un beso larguísimo, casi / eterno, y juntos inventamos el amor". Y antes de escribir este que hoy tienes en tus manos, amigo lector, consagró un poemario apasionado en homenaje a la madre del poeta, La voz en la memoria (2009), donde declaraba: "Hay muertes que te acercan a la muerte". En Rituales de identidad encontrarás la misma pasión por la escritura en la primera parte, el mismo amor encendido en la segunda, la misma búsqueda de la serenidad en medio de la noche y de la ausencia. Los mismos temas, pero escritos más allá, desde una perspectiva más madura y más sintética. Porque el poeta evoluciona, se busca en la escritura queriendo saber quién es, "y solo el mar responde a mi llamada".


Arturo Tendero


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Rituales de identidad, me ha parecido un poemario maduro y muy trabajado, con metáforas sabias y de asimilable degustación, el lenguaje es limpio; Plenitud es un gran poema, su alma es pequeña, como lo son ellas, pero de gran efervescencia en un cuerpo de poema creciente, creciente como la luna llena en la noche de los deseos cumplidos. Maravilloso Estrategia, es sin duda lo que has mostrado en este último trabajo sobre la palabra engarzada entre versos albariños, limpios y claros como el agua de los manantiales. Desnudez, de poeta enamorado de la poesía, sobre arena caliente de reloj con la flecha siempre girando hacia las horas de la creación, en la calma medida siempre al limite, en la realidad del verbo que resurge como ave fénix al principio de cada despertar, en el poeta nacido, por y para la poesía.


Amparo Sanz Abenia


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"RITUALES DE IDENTIDAD", es un poemario de madurez, en su máxima dimensión. Cierto es, coincido con Arturo Tendero, que el poeta evoluciona, persigues nuevos ahondamientos y plenitudes. En tu entrega anterior, "La voz en la Memoria", editado en 2009, ya se concretaba el excelente poeta que transita contigo. En el que nos ocupa, vemos a un poeta desarrollando una personalidad propia de quienes saben por dónde caminan en esto que se llevan entre manos. El libro está perfectamente estructurado, y todo él es una apuesta por la emotividad poética. Muy por encima (este trabajo no es una crítica) conviene penetrar en las secciones que vertebran esta entrega unitaria. Así, ya vemos en el poema "Estrategia" como el poeta persigue la luz de las palabras, por si el poema está, como vemos en el poema inesperado "donde antes había hojarasca". Pero la clave de esa búsqueda insistente de la luz la tiene el poema "Gedichtè, tan brillante como breve. Llegados a este punto, habría que decir que salvas con matrícula el experimento dificilísimo de la brevedad. Enhorabuena por lo conseguido. Páginas adentro, vamos hacia el encuentro de otras tendencias (como la amorosa) que van sublimando y haciendo más mollar el poemario, quizá porque cuando el amor florece "Se hace hermosa la vida". Y todo se hace hermoso si se mira, si se accede a la luz del que está viendo lo sentido, porque "Bajo el céfiro/ de esta reseca piel/ se esconde/ un corazón en ascuas por tu cuerpo".A una determinada altura de la edad, el tiempo vivido nos enseña "a sobrevivir/ entre la luz de los escombros". El hombre ha tomado conciencia de su temporalidad, y se entrega a la acción de la memoria de la vida que fue, porque sabe que es el tiempo quien nos lleva o nos devuelve a correr "tras las palomas/ en parques de nostalgia". A fin de cuentas, "No hay vida por detrás de los espejos", el ahora se esfuma y quizá no haya después; pero antes hay que "Buscar refugio en soledad/ ante el reino de la impotencia,/ y encontrar el aliento necesario/ en la quietud del eremita.

Todo el poemario presenta un gran impulso, una acción espontánea del quehacer de un poeta hecho, que sabe por donde conviene ir para darle a su palabra emotividad y pureza constitutiva. En definitiva, estamos ante un regalo sublime para el lector que se busca en la lectura poética un lugar especialmente conmovedor.


Manuel Cortijo


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Ya van para treinta años que conozco a Ricardo y le he visto siempre como alguien que lucha, con perseverancia, sin apenas altibajos, para cumplir su vocación poética. En este sentido tengo a mi amigo como un ejemplo. Pienso que es de vital importancia, en estos tiempos dirigidos desde arriba, la introspección. Darnos el tiempo suficiente, en soledad, para que nuestra voz más profunda, la voz de nuestra verdad, aparezca. Para seguir una voz, primero hay que oírla. Ricardo oyó claramente su voz. Y, desde entonces, no ha cejado en su continua tarea de mostrarla, cada vez más limpia, más cincelada, más madura, contenida y depurada. Así suena su voz en estos "Rituales de identidad" que hoy se presentan en su ciudad. Valga una pequeña aproximación:


DARDOS

I

La palabra tenida como escudo,
bálsamo o flecha,
revela la prudencia del humilde
y devuelve el poder a los esclavos.

II

Buscar refugio en soledad
ante el reino de la impotencia,
y encontrar el aliento necesario
en la quietud del eremita.


Frutos Soriano


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PALABRAS ABRIENDO PUERTAS


A la luz de RITUALES DE IDENTIDAD de RICARDO FERNÁNDEZ MOYANO


Palabras abriendo puertas, asomándose a balconadas para emprender el vuelo. Por un mapa de estrellas tras la dulce claridad. Cada día es un estreno, una aventura más para no perder la brújula de la ilusión. Ahí nace la razón de la palabra, la de ser latido en el caos, la llave para desatar nudos emocionales. Y así ser compañía... porque nacemos para llenar soledades ajenas. En la poética de Ricardo Fernández Moyano lo relevante es salir del ego, escapar del escondite y escuchar y escucharse en la mirada de los otros. Mirada nunca inquietante, siempre alentadora de geografías desconocidas. Con la actitud hospitalaria de nuestra energía afectiva nos desprendemos y renacemos. Como si el cierzo renovador que siempre me devuelve a la Zaragoza simbólica de Ambos Mundos-Plaza España-Gambrinus-, la que siempre me reta a la aventura narrativa a la que pronto acudiré desplegara el eco añorado para el espacio que suena. Escuchemos al silencio como en los Rituales de identidad de Ricardo; desde el silencio avanza la orquesta sinfónica y como escribí con Michel Conte, no "necesitamos a cien músicos para saber los secretos que hay en ti". La palabra busca hogar después del frío en la memoria de la armonía recobrada, de esa melodía que flota comos sugiere Argullol, tras la hojarasca. Ahí se cita la paz reflexiva de quien amplía las geografías del alma activa. Ricardo sabe transparentar lo invisible. Anuncio de lo oculto que no impide el eterno presente de la luz, cruzando túneles como evocaba en su cita de Javier Salvago en Transparencias.

El bosque no nos perturba. Somos magia y misterio y sí, podemos encontrar oro en las ruinas.Para eso necesitamos -como sugiere Ricardo al hilo de Antonio Colinas-, quietud-mansedumbre y reconocer a los desconocidos que nos habitan y rescatar así la clandestina ternura. En enero de 2010 titulé en Ecocentro-Madrid uno de mis encuentros de creación afectiva. El beso que te adivina-la luz que te desvela-el amor que te nombra. Ahí encontró Ricardo motivo de inspiración. Quedarse en la mirada, viajar por la ciudad de sus ojos para alcanzar el abrazo fundacional, el regreso al origen. Ritmo y brillo a las palabras como sugiere José Hierro, ecos de Cántico para descubrir el tobogán que nace entre las sílabas. Búsqueda de la esencia que Ricardo emprende en su viaje hacia la depuración de lo superfluo. No hay fuga mas que de los laberintos de la desolación. Abrazo cálido a la luz de la luna en la mirada del niño que aún se fascina ante el templete. Junto recordamos la canción que escribí con Hilario Camacho, Sin decir adiós, a la que Ricardo dedica un poema. Espectáculo de la vida que eternamente nos acompaña, aventura de escribir. Seguiremos escuchando violines en la niebla, asomándonos a las balconadas del porvenir.


Carlos Villarrubia


Carlos Villarrubia: Periodista, escritor, letrista y autor multimedia.


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PRESENTACIÓN EN LA TERTULIA "EDUARDO ALONSO" DE LA PEÑA DE ALBACETE EN MADRID EN LA CASA DE CASTILLA-LA MANCHA


El libro que presentamos hoy contiene (ésa es, al menos, mi impresión de lector), una descripción, o quizá más exactamente una vivencia, del tránsito a la madurez. Se expone en él el hundimiento de una serie de certezas en las que el protagonista de los poemas creía en otro tiempo, o a las que al menos se aferraba, y que revelan ahora su inconsistencia, cuando no su revés de dolor o de vacío. Parece escrito por alguien que se descubre instalado en esa desolación, y vuelve la vista atrás para preguntarse cómo ha llegado a ella, y cómo es posible vivir, o sobrevivir al menos, a partir de lo que ella le ofrece.

Así, las dos primeras partes de las cinco en que el libro se divide, tituladas respectivamente “Razón de la palabra” y “El beso que te nombra”, pasan revista a las dos únicas certezas que, de algún modo, parecen mantenerse todavía en pie: la creación poética y el sentimiento amoroso. Pero incluso aquí tenemos, no la mirada gozosa del descubridor, sino la actitud amarga del superviviente. Leemos, por ejemplo: “El tiempo asola la memoria” (en la primera parte), o “He aprendido / que es tropezar la vida” (en la segunda).

A partir de ahí, la tercera parte revela ya en su título (“Oro en las ruinas”) la voluntad de difícil búsqueda de lo que todavía pueda servir para seguir adelante. Se nos dice, por ejemplo, “has aprendido a sobrevivir / entre la luz de los escombros”; pero también encontramos una declaración tan dura como “pero ya nada te emociona”, que es el verso que cierra un poema titulado “Luz de primavera”. Es decir, se intenta reconocer lo que la realidad pueda todavía tener, para el personaje poético, de rico y de satisfactorio; pero, al mismo tiempo, se deja constancia de que incluso eso es algo que forma parte de aquellos “escombros”, algo con lo que habrá que aprender a crear una nueva relación, ya que en la forma en que actualmente aparece (“ya nada te emociona”, recuérdese) se presenta como algo separado de la vida de quien habla en el poema, e incluso esencialmente ajeno a ella. “De haber sabido que la vida era esto”, se nos dice también; o sea, entiendo, se reconoce que, desde la situación presente de la voz poética, lo que anteriormente se creyó tener no es sólo que ya no sirva, sino que la actual y dura lucidez advierte que hasta entonces, y en cierto modo, se vivió en un engaño. No es, por tanto, que la vida exterior siga igual y que tan sólo uno mismo haya cambiado, sino que ha venido a revelarse que aquellas antiguas certezas de algún modo eran falsas, y que, habiendo profundizado más, es preciso buscar, efectivamente, una nueva relación con ellas.

Las dos partes siguientes, “El tránsito de la llama” y “Galería de olvidos”, nos muestran con evidencia que el propósito no es simplemente el de la queja estéril, sino el de la búsqueda efectiva de una respuesta; constatada la situación de “ruina” de las viejas creencias, se trata ahora de no quedarse ahí, de intentar averiguar cómo vivir, a partir de ella. Se nos habla por ejemplo, en “El tránsito...”, de “la resurrección de los vivos”, en un poema expresivamente titulado “Escalofrío”. Es decir, esas viejas certezas –a fin de cuentas, la materia misma del vivir– no son algo con respecto a lo cual baste la queja o el simple abandono, sin más: siguen ahí, vivas y operantes, y hay por tanto que contar con ellas, pero vuelven ahora como un remordimiento o un reproche, provocando con ello ese “escalofrío” y exigiendo ser afrontadas; constituyen de algún modo una pregunta que exige respuesta. “Cómo duele ese aguijón. / Pero tal vez / bastara una llamada”. Vemos, por tanto, que no se trata simplemente, como ya decíamos, de lamentar la pérdida, aunque la voz poética sea plenamente consciente de ella y del dolor que provoca, sino de explorar, aunque sea a costa del sufrimiento, dónde puede encontrarse esa respuesta; de ver, dándole la vuelta, esa insatisfacción como un posible punto de partida, una “llamada” a buscar un camino, un modo de acceder a las posibilidades que esa misma situación sin embargo plantea, y de reconocerlas y hacerlas propias. De ahí la valerosa afirmación (en el poema titulado “Luz”) de que “la voz que ilumina nuestras noches / es tan sólida como el alba”: también, pues, esa “noche” es, debe serlo, un lugar donde buscar dicha respuesta, donde hallar por tanto un modo de vivir. En el “Epílogo” que cierra el libro se habla, reafirmando de algún modo este planteamiento, de la voluntad de “encontrar el aliento necesario” para seguir adelante.

Vemos, en consecuencia, que el sentido final del libro es, desde la constatación lúcida de esa situación de pérdida y de vacío, el intento de búsqueda de un modo de salir de ellos, y de una nueva identidad que responda, a través de un proceso de maduración personal, a las exigencias igualmente nuevas que dicha lucidez plantea. Pienso que éste es el sentido que cabe atribuir al título del libro mismo, “Rituales de identidad”, ya que en el fondo esta situación, y el intento de responder efectivamente a ella, conllevan inevitablemente la pregunta acerca de qué es lo que verdaderamente somos. Y esa difícil pregunta no se rehuye aquí, ni se la esquiva mediante la simple lamentación por lo que un día fuimos, sino que se la afronta, como ya señalábamos, con valentía, y se intenta realmente buscar una respuesta, ya que la misma posibilidad de una vida verdaderamente humana y lúcida, una vida que mire cara a cara a la realidad tal como es, y no la disfrace con sueños o la esquive con vaguedades o con quejas inútiles, está comprometida en ella.

Pienso, en resumen, que este libro no es una mera colección de palabras más o menos afortunadas o hermosas, sino una indagación seria y honda en lo que la vida realmente es, ante una mirada adulta que no puede disimularse a sí misma las dificultades y las carencias del vivir; en otras palabras, un intento de afrontar y asumir seriamente, como ya indicábamos al principio de esta nota, los retos de la madurez.


José Cereijo


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PRESENTACIÓN DE RITUALES DE IDENTIDAD EN LA BASTARDA (BARCELONA)

Ricardo Fernández Moyano, nos presenta hoy su libro Rituales de identidad, de la Editorial Huerga & Fierro y comienza con una cita del poeta  Antonio Colinas que dice así:
“Me enciendo por pasadas plenitudes / y por estas presentes enmudezco”.
 
Y es esto mismo lo que el autor quiere transmitirnos a través de sus poemas, nos muestra el espejo que le devuelve con el paso del tiempo a la realidad de los años.
El poeta recuerda momentos que afortunadamente continúan  en su memoria, y los plasma en un papel en blanco, siendo la poesía su mejor cómplice y compañera:

Con la calma del monje
me acerco al poema,
busco dentro esa luz
que provoque nuevas palabras.
Sin otras armas que la tinta,
sondeo la ciénaga
con pericia aprendida,
y solo el mar responde a mi llamada.


Ricardo es un poeta ya curtido y consagrado en el mundo de la poesía, con este poemario nos invita a viajar en un mar de recuerdos y añoranzas, descubriremos al poeta que encuentra refugio en el transitar errante de huellas y tiempos pasados, una mezcla de experiencias personales que han ido ahondando en su memoria, latidos del ayer que nos llenarán de paz y de sosiego en cada verso.

Ricardo reconoce en la noche la luz de la palabra, desafiando las miserias del mundo con el fulgor de su tinta, se busca en el zarzal de la memoria y se siente extraño en una lágrima.

ZARZAL

Buscas en el zarzal de la memoria
las luciérnagas
que solían acompañar tus noches.
Oprime la mano tus sienes
en un gesto mecánico, aprendido,
vuelves a sentirte ese extraño
que muere en una lágrima.
Pero ya no eres aquel náufrago
que frotaba con ímpetu la lámpara:
has aprendido a sobrevivir
entre la luz de los escombros.

La vida en si es un poema, que día tras día nos regala versos de ternura casi al azar, y donde quizás antes había hojarascas.

El poeta intenta decirnos que, el tiempo se nos escapa de las manos y no podemos atrapar el mecanismo de los relojes:

El cielo no es azul, ni verde el mar,
no hay vida detrás de los espejos…
en las cartas no se respira amor,
ni un beso puede devolver calor a la ceniza.

Ricardo también le escribe al amor, y se hace hermosa la vida:

TU MIRADA

He aprendido
que es tropezar la vida,

caer y despertar
en tus nocturnos parpados

como paisaje único.

Y espera el amor cada noche igual que espera el barco a la tormenta, espera su sonrisa oculta y espera que disipe sus penas en la aurora envolviéndolo en su abrazo, adormeciendo su boca entre sus sombras.

El poeta también recuerda su niñez en los parques de la nostalgia, deja posar sus ojos sobre los árboles pasando así fugazmente los olvidos ante él:

De saber que la vida era todo esto
no habría arrastrado mis miedos por aceras vacías.

Ricardo nos dice que, vive en el margen sin poder evitar la sacudida, la resurrección de los vivos, y en su afán por conciliarse con el mundo, le pasan los años como una maquina terrible (como un escalofrío).

ESCALOFRÍO

Vivo en el margen
sin poder evitar la sacudida,
la resurreción de los vivos.

En mi afán
por conciliarme con el mundo,
han pasado estos años
como una máquina terrible.

Y no me queda más que deciros que las letras de Ricardo son exquisitas, que son una mezcla de experiencias personales en el transcurso del tiempo que es un poeta al que merece la pena leer, porque sus poemas están escritos con mucha bondad y una extraordinaria sencillez.

Luisa López Gómez

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ESTRATEGIA

Con la calma del monje
me acerco al poema,
busco dentro esa luz
que provoque nuevas palabras.
Sin otras armas que la tinta,
sondeo la ciénaga
con pericia aprendida,
y solo el mar responde a mi llamada.


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TARDE DE ABRIL

Cuando camino en ti,
se vuelve
salvaje tu mirada.
Se hace hermosa la vida,
evoca amaneceres de fuego
en el hueco perdido
de una tarde febril e irrepetible
en la que ardimos bajo
el palio de la aurora.


***


ZARZAL

Buscas en el zarzal de la memoria
las luciérnagas
que solían acompañar tus noches.
Oprime la mano tus sienes
en un gesto mecánico, aprendido,
vuelves a sentirte ese extraño
que muere en una lágrima.
Pero ya no eres aquel náufrago
que frotaba con ímpetu la lámpara:
has aprendido a sobrevivir
entre la luz de los escombros.


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ERRARE HUMANUM EST

Hay señales inequívocas
que revelan la impronta de la noche,
imperio de la sombra,
repudia el linaje de la llama.
Hay muecas en los rostros,
anuncio de lo oculto.
Hay en nuestro interior un duende
que nos incita al yerro,
ese dulce placer de equivocarnos.


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RUINAS DE LÁGRIMA

Aunque en su rostro, flor de nieve,
brille una esperanza,
en su mano empuña un martillo
que a golpes le destruye.
Nadie escucha su grito
cuando abrazado a su almohada
llora entre las ruinas
de un recuerdo hecho añicos.


***


LA CIÉNAGA

Ciegos están los abedules
en los escombros de la estepa,
allí mueren de sed los desterrados,
también los invasores.

El espanto se apodera del día
y la radiante luz se vuelve oscura,
extraña algazara de pájaros
en la ciénaga anuncia lluvia.



Ricardo Fernández Moyano 


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