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Relato

Cuentos desde la diversidad

Precio: 20 €

Cuentos desde la diversidad


Diversas capacidades

Me caso dentro de pocos días y me siento muy feliz, no solo por la boda en sí y todo lo que conlleva, sino sobretodo porque mi hermana Chus va a ser mi madrina. Su nacimiento fue una gran alegría para todos. Aunque yo era muy pequeña, recuerdo el gran revuelo que se organizó ese día, pero la alegría duró poco, dando paso a la preocupación. Escuchaba a los médicos decir palabras muy raras que no entendía, parecían indicar que estaba muy enferma. Conforme fui creciendo mi madre me repetía continuamente que debía cuidar mucho de ella, pues no era como los demás y me necesitaría toda la vida. La veía tan alegre, con tantas ganas de vivir que casi me pasaba desapercibido verla andar con muletas o ir de un sitio para otro en silla de ruedas. Estaba siempre con ella, contando cuentos y cantando canciones, algo que agradecía con gesto amable. Sin embargo, en el fondo, tenía miedo a hipotecar mi vida dedicada a su cuidado, sin poder llevar a cabo mis sueños. Mi sorpresa fue enorme al comprobar que podía ir a la escuela como una niña más y sacar buenas notas. Chus estaba siempre contenta y muy segura de poder desarrollar sus capacidades. Llegó a realizar estudios universitarios. Por aquel entonces yo también me encontraba en la capital estudiando Ingeniería, nos veíamos con frecuencia, salíamos juntas y nos divertíamos en los locales de moda. Cuando terminó la carrera, obtuvo una beca para trabajar en un Centro para personas con movilidad reducida. Una vez finalizados mis estudios regresé al pueblo con mis padres, para preparar oposiciones. Chus sacó plaza en el mismo Centro donde residía. Allí les organizan viajes por toda España, y también por el extranjero, París, Roma, Praga o Viena han sido algunos de sus destinos mas recientes. La mayor sorpresa fue cuando nos comunicó que pensaba irse a vivir a un piso con una amiga con problemas parecidos a los suyos, los razonamientos de mis padres no lograron hacerle cambiar sus planes.

¡Quién me lo iba a decir!, ¡pensaba que iba a limitarme la vida y ella ha sido la primera en independizarse! Ahora en mi viaje de novios podré visitar alguno de esos lugares donde Chus ha estado. La recordaré atravesando las grandes avenidas con su silla de ruedas, con una mochila de ilusiones en el regazo.

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Nací el mismo año que el cometa Haley pudo verse por última vez desde la Tierra, mi madre lo interpretó como un buen presagio. Sin embargo, las cosas fueron muy diferentes. A causa de una anoxia en el parto, los médicos diagnosticaron una lesión cerebral irreversible que me causaría una parálisis sin poder determinar en ese momento sus proporciones y un posible retraso mental. La noticia no pudo ser mas amarga, mis padres quedaron consternados, me llevaron a todos los especialistas que pudieron, pero el diagnóstico fue siempre el mismo. Crecí entre grandes cuidados, tal vez sobreprotegida. Mientras fui un bebé, apenas notaron nada, pero conforme me fui desarrollando, se fueron haciendo cada vez mas evidentes mis limitaciones. Hasta los tres años no pude empezar a caminar, y ayudada por muletas. En el pueblo, era la atención de todas las miradas, con la expresión en los rostros de “pobrecilla, qué mala suerte ha tenido” o “pobre madre, qué vida le espera”. A las personas como yo nos llamaban minusválidas y cosas peores, pero yo me sentía capaz de ser una niña “normal” y poder llevar a cabo mis proyectos sin que mi incapacidad me limitara en exceso. En el fondo, había muchos niños en la escuela que tenían menos habilidades que yo y nadie pensaba por ello que fueran retrasados. No me he sentido para nada discapacitada, como nos llaman ahora, sino que tengo capacidades distintas de las demás personas y debo aprovecharlas.

Los años han ido transcurriendo y mis ansias de superación son cada vez mas intensas. Mi hermana Sara, que era mayor que yo, fue siempre un apoyo incondicional. Nuestra madre le decía que tenía que cuidar mucho de mi, sobre todo cuando ella faltara. No quería ser una carga, pero he de reconocer que ha dedicado gran parte de su tiempo a cuidarme con agrado y en su rostro nunca faltó una sonrisa. A fuerza de muchas y penosas sesiones de fisioterapia, conseguí reducir algunos efectos negativos de mi afección, permitiendo desplazarme con muletas aunque tenga que arrastrar los pies con torpeza. Para desplazamientos mas largos necesito usar silla de ruedas. Pude ir a la escuela con normalidad, aunque necesitara un apoyo especial. Los niños me acogieron con afecto, siendo una referencia útil para toda mi vida. Gracias al apoyo recibido me he convertido en una mujer segura de mi. Terminé los estudios primarios con buenas notas y mis profesores aconsejaron a mis padres que debía seguir estudiando. Al principio no les hizo mucha gracia, veían una dificultad añadida tener que desplazarme diariamente hasta un pueblo cercano, pues en el nuestro no se podían cursar los estudios de la E.S.O., pero venía a recogerme un autobús adaptado que recorría la comarca para llevarnos a las personas como yo. Al mes y medio de ingresar en el Centro instalaron el ascensor a petición de toda la comunidad educativa. A pesar de que el cambio siempre se nota, según me decían mis profesores, enseguida me adapté y me sentía en clase como una mas participando de todas las tareas sin dificultad.

Me gustaba mucho leer y escribir poesía. Cuando terminé el Bachiller deseaba ampliar horizontes. Le propuse a mis padres ir a la ciudad a un Centro adaptado a mis limitaciones, donde podría estudiar una carrera. Ellos se opusieron en principio, pero me vieron tan ilusionada y capaz de llevar a cabo mis planes, que terminaron cediendo. Matricularme en Trabajo Social era para mi una manera de devolver la entrega recibida de otros. Una beca me permitió residir por algún tiempo mas en el mismo el Centro, donde llevé a cabo un programa de inserción para personas con dificultades especiales. Me gusta mucho mi trabajo, convivir con los compañeros y los internos, aprender del mundo que me rodea. He descubierto que todos somos discapacitados para algo, aunque aparentemente no se note. Cada vez me siento mas integrada aunque queda mucho por hacer, sobre todo, que esta sociedad deje de encasillarnos como “torpes” o “deformes” y empiecen a considerarnos personas con sentimientos y habilidades sociales como cualquier otra y podamos tener la misma igualdad de oportunidades para valernos en la vida.

Ahora comparto piso con otra amiga como yo, cuidamos una de la otra y podemos hacer todo sin ningún problema, ella da clase en un Instituto y cuando llega a casa, me cuenta cómo le ha ido con los alumnos. Le costó mucho hacerse respetar, pero ahora la escuchan más y no les parece tan raro tener una profesora en silla de ruedas. Los fines de semana salimos con unos chicos muy majos que nos quieren por lo que somos y no se sienten incómodos por nuestras limitaciones. Mi mayor alegría es que voy a ser la madrina de boda de mi hermana Sara, allí estaremos mi silla y yo acompañándola en ese día tan importante, disfrutando de las oportunidades que me ha dado la vida.

Ricardo Fernández Moyano
 

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