Web personal de Ricardo Fernández Moyano

Relato

La Quintaesencia de Albada

12 €

La Quintaesencia de Albada

Relatos seleccionados: Un conjuro para Freddy y El chip delator.

***

UN CONJURO PARA FREDDY


Esta mañana ha amanecido nevado. Ayer anunciaron en las noticias la llegada de una ola de frío polar que invadiría la región, pero como suele suceder, casi nadie hizo mucho caso. Luisa se levantó temprano y al mirar por la ventana se quedó perpleja ante el espectáculo que tenía ante sus ojos, los tejados eran blancos como la espuma y las aceras parecían alfombras de algodón, aún sin ser holladas por las pisadas del los viandantes. Miró el termómetro exterior y se quedó pasmada: ¡Cinco grados bajo cero! Puso la radio y escuchó cómo la tormenta de nieve había cogido por sorpresa a pueblos y ciudades que se habían visto bloqueadas por el blanco elemento. Los camiones quitanieves no daban a basto y los operarios comenzaron a echar toneladas de sal por las calles para evitar accidentes y facilitar el acceso a los puestos de trabajo.

Salió de su casa bien abrigada y con calzado especial para el hielo, unas botas de montaña que usaba en sus excursiones al Pirineo y que nunca pensó necesitar en la ciudad. Como la nieve aún estaba blanda no había peligro al pisarla, sus pies se hundían hasta el fondo cubriendo sus piernas casi hasta las rodillas. Disfrutó como una niña jugando con la nieve camino del trabajo y hasta se entretuvo haciendo algunas fotos. Cuando llegó al trabajo, sus compañeras ya habían llegado y la recibieron con bolas de nieve, parecía que las colegialas eran ellas. Era tan inusual ver nevar en aquella zona que todas estaban exultantes con aquella novedad, más que un día laboral, resultó un día de fiesta.

—¡Qué gozada! Es una maravilla ver las calles, parques y jardines llenos de nieve. Hay quien asegura que se puede adivinar el futuro estudiando las huellas de las manos en la nieve.

—Por cierto ¿fuiste ayer a ver a la vidente?

—No, tengo cita para mañana. Ya os contaré.

Luisa es una chica tímida e ingenua pero un poco atolondrada, cree a pies juntillas en todo lo relacionado con lo esotérico. De vez en cuando suele ir a una pitonisa para que le cuente algo sobre su futuro y aunque hasta el momento no ha adivinado gran cosa, ella sigue ilusionada con la idea de que algún día descubra un hecho maravilloso que vaya a sucederle y cambie su vida para siempre.

—Hay algo que vengo viendo últimamente en tu mano que no me gusta nada, no te lo había dicho hasta ahora por no preocuparte, pero ahora lo veo claro: tienes una mala influencia cerca de ti que no te deja desarrollar todas tus posibilidades como tú quisieras.

—¿Una mala influencia? Preguntó Luisa intrigada.

—Sí, no sé exactamente lo que es pero hay aquí entre la línea de la vida y del amor una sombra que te está haciendo mucho daño.
—Pues si no quería preocuparme, lo ha conseguido, y si no me puede decir lo que es, ¡¿cómo puedo hacer nada contra ello?!
—Vamos a ver, ten paciencia. Dime, ¿con quién vives en casa?
—Vivo con mis padres, son encantadores ellos no pueden ejercer ninguna mala influencia sobre mí.
—¡No!, ¡claro que no! Aunque nunca se sabe, a tu edad ya deberías haberte independizado y tener tu propia vida, pero no, no va a ser eso. Es algo más serio, más profundo.
—¡Claro que me gustaría independizarme pero aún no tengo suficiente dinero ahorrado para meterme en un piso! ¿Dice usted que algo más profundo?
—Sí, vamos a ver ¿hay alguien más en tu casa?
—No, respondió Luisa, un poco harta de tanto interrogatorio.
—¿Animales? Inquirió con picardía la vieja.
—Bueno sí tengo pájaros, muchos pájaros. Me encantan los pájaros.
—¿Y alguno más? siguió preguntando la señora en el mismo tono.
—Bueno también tengo un gato, se llama Freddy, contestó Luisa con cierta desgana viendo que aquello no conducía a ningún sitio.
¿De qué color es tu gato? —Preguntó con sorna.

—Negro, Freddy es completamente negro —respondió Luisa con naturalidad.

—¡Ya está! ¡Eso va a ser! ¡Un gato negro!, ¡Hija cómo se te ocurre semejante disparate! ¡meter un gato negro en tu casa! ¡Eso es de muy mal augurio!

—¿Y qué puedo hacer para evitar ese mal fario?

No hay más remedio, ¡tienes que sacrificarlo!

¡No!, ¡Eso nunca! Freddy es mi mejor compañía.

—Vamos a ver. Tengo entendido que no te va muy bien en amores ¿no? —inquirió la bruja.

—Bueno sí, es cierto, pero eso ¿qué tendrá que ver con mi gato? —dijo extrañada la muchacha.

—¡Mucho!, ¡mucho! ¡Ya lo creo que mucho! Mira, los gatos negros son de la semilla del diablo, sólo traen infortunios y descalabros, debes deshacerte de él cuanto antes, pero no de cualquier manera sino siguiendo un ritual que yo te indicaré.

—¿Un ritual? ¡Vamos señora que no estamos en la Edad Media!

La mujer, sin hacerle ningún caso, se puso muy ceremoniosa. Se colocó un mantón negro sobre hombros y cabeza a la vez que encendía cuatro velas.

—Cada una por cada uno de los puntos cardinales —Le explicó.

A continuación se puso a decir frases incomprensibles que provocaron en Luisa un escalofrío de pies a cabeza. Tan pronto hablaba en un susurro como alzaba la voz de golpe haciendo temblar hasta las copas de la alacena.

—Debes esperar a que haya luna llena. Entonces si la noche esta despejada, coges al gato, lo metes en un saco y le atizas con una piedra.

—¡Qué no, señora! ¡Ya le he dicho que no quiero deshacerme de Freddy de ninguna forma y mucho menos de esa manera tan cruel que me está contando!

La bruja siguió hablando como si no fuera con ella la cosa.

—Después te pones ante la luna y haces un hoyo vertical frente a ella, entierras en él al gato y cubres la pequeña tumba con muérdago, verás como si haces tal y como te digo, te empiezan a ir mejor las cosas.

Y extendiendo la mano le dijo:

—Son cincuenta euros.

Ya le he dicho que no pienso matar a mi gato, lo quiero como a un hijo —le respondió Luisa muy enfadada mientras le pagaba.

—Piénsalo bien, no tienes otra salida —le insistió la anciana desde la puerta.

Al salir a la calle y sentir el aire frío de invierno en su rostro se encontró más aliviada, a pesar del disgusto notó al atravesar la calle como si se hubiera quitado un peso de encima.

—No pienso volver a ver a esta vieja estafadora, no dice mas que barbaridades. No me ayuda nada y encima me saca el poco dinero que tengo. ¡Cómo habré sido tan tonta al creer en estas patrañas!

Conoció a Juan en el autobús, camino del trabajo. Todos los días notaba su mirada clavada en la nuca, si miraba de reojo lo veía allí al final del autobús con sus brillantes ojos verdes fijos en ella. La situación era un poco tensa pero Luisa se sentía halagada al verse deseada por un desconocido. Tardó mucho tiempo en hacerse el encontradizo, tanto que la chica casi había perdido la esperanza de que lo hiciera.

—Hola, ¿vas a trabajar? —le dijo algo titubeante.

—Sí —le contestó ella secamente como si no fuera con ella el asunto.

Después de tanto tiempo —pensó—, ¿no se te ocurre nada más original para entablar conversación?”. Pero no le dijo nada, sin embargo siguieron viéndose todos los días y poco a poco fueron descubriendo que sus gustos eran muy parecidos y les emocionaban las mismas cosas. Juan era un chico sensible y tímido, sin habilidad alguna en el trato con mujeres y tan pronto se mostraba torpe como callado, sin saber que decir. Luisa llegó a interesarse mucho por él y soñaba que algún día se decidiera a invitarla a una cita, lo que no llegó a ocurrir. Un día al subir al autobús descubrió que no estaba, no se imaginaba que podría haber ocurrido, pero no se preocupó más: “Mañana me contará lo que ha pasado” —se dijo, pero el hecho cierto fue que no volvió a verlo más. Pasaron los días y no coincidieron en el autobús ni tampoco llegaron a cruzarse por la ciudad, era como si hubiera sido un sueño. Lo grave es que no era la primera vez que le ocurría; siempre que se interesó por un chico, éste desaparecía de su vida con la misma rapidez con la que llegó y nunca los volvió a ver. Pero esta vez era diferente, ahora ya era más madura y Juan le interesaba de verdad, pero nadie supo decirle nada de él. Una noche, estando en casa ya en la cama recordó las palabras de la vieja: “Tengo entendido que no te va muy bien en amores”. “Bastante sabrá ella de mi vida, aunque ahí llevaba razón” —pensó.

—Mamá has visto a Freddy, lo estoy buscando por todas partes y no lo veo.

—No hija ¿ha mirado en la terraza?

Cuando se dirigía hacia allí oyó en la calle un frenazo estrepitoso y un golpe, se asomó por la ventana y vio a su gato tendido inmóvil en el suelo.

—¡¡¡Freddy!!! —gritó mientras bajaba las escaleras. ¡Cómo se te ha ocurrido salir tú solo de casa!

Cogió al pobre animal e intentó reanimarlo pero no había nada que hacer quedó muerto en el acto. Se disponía a enterrarlo en el jardín cuando volvió a acordarse de las palabras de la vidente: “Entiérralo frente a la luna llena”, como aquella noche había precisamente luna llena envolvió al gato en unos periódicos y lo dejó junto a un árbol del jardín. Ya de noche se dirigió de nuevo al lugar, hizo un hoyo en la tierra y puso allí el cadáver de su querido gato.

—Ahora ya da todo igual —dijo sollozando— pero por si llevara razón seguiré su consejo.

Los días se sucedieron con total normalidad, el trabajo, las amigas, los pájaros… Todo seguía como siempre aunque echaba mucho de menos la compañía de su inseparable Freddy.

Hoy al subir al autobús sintió de nuevo una mirada fija clavada en su nuca, se volvió con rapidez y al dirigir la vista a la zona trasera del vehículo no pudo fingir su alegría.

—¡Juan! ¡Cuánto tiempo! ¿Dónde te habías metido?

—He estado muy enfermo, Luisa, y como no tenía tu teléfono no he podido ponerme en contacto contigo, pero ya me encuentro bien y puedo volver al trabajo.

—Me gustaría mucho, si no te importa, invitarte a un café esta tarde.

—Esta tarde no puedo —respondió Luisa intentando disimular su regocijo pero estaré encantada en quedar cualquier otro día contigo.

Siguieron viéndose todos los días en el autobús y después de aquel café vespertino empezaron a salir y cosa curiosa, Juan empezó a mejorar de su enfermedad justo el día que murió Freddy y más curioso aún fue que para Luisa había algo que le resultaba familiar en él, algo que no había percibido hasta entonces, aquella mirada felina que le hacía sentirse como en casa.


***

EL CHIP DELATOR


Aquella mañana Andrés se despertó bruscamente, una sacudida recorrió todo su cuerpo, lo dejó aterrorizado. Era temprano, aún ningún rayo de luz entraba por la ventana, miró el despertador y se dio la vuelta, pero no pudo volver a conciliar el sueño; aquella pesadilla lo tenía soliviantado, como un mal presagio. Era tan real que solo la luz del día pudo liberarlo de ella.


Cuando se levantó se sentía cansado, le pesaban los párpados y los hombros, como si una mano poderosa le impidiera reaccionar y tomar conciencia del nuevo día que se abría ante sus ojos con una oportunidad de ser feliz.

Los sucesos ocurridos en los días anteriores no dejaban mucho espacio para la esperanza. Sin embargo no quiso dejarse apesadumbrar por los acontecimientos y, aunque el clima tampoco acompañaba, hizo un último esfuerzo por superar sus miedos.

Se desperezó como un felino, estiró sus músculos y entró en la ducha para dejar que el agua disipara todo atisbo de tristeza. Al deslizarse sobre su piel, el líquido elemento le fue liberando de las tensiones opresoras, hasta relajarse por completo y así, con el alma renovada, se dispuso a afrontar el día con la ilusión del que se enfrenta a la vida por vez primera, como si los años pasados nunca hubieran existido.

Desayunó de buen humor y salió camino del trabajo convencido de que hoy nada podía amargarle el día. No obstante, nada más llegar, el ambiente enrarecido que se respiraba le hizo presentir que en cualquier momento podía saltar la chispa que cambiara su paz interior en desasosiego. El rutinario saludo de sus compañeros, la mirada ausente de los jefes y el ensordecedor ruido de las máquinas le hicieron predisponerse para vivir una jornada complicada. En esos momentos en que el temor nublaba su mente, escuchó su nombre por megafonía:

Andrés Hurtado, tiene una llamada de teléfono, acuda a conserjería.

Un pálpito le hizo sobreponerse, pensó que algo importante requería su atención. Nadie te llama al trabajo por una fruslería, pensó.

¿Andrés? Hola, soy Miriam, perdona que te moleste, pero papá acaba de sufrir un infarto y vamos camino del hospital.

Los minutos que siguieron fueron de una intensidad electrizante, en cuanto pudo arreglarlo todo en el trabajo se dirigió al centro sanitario para ver a su padre; al fin y al cabo, era su progenitor y debía estar con él en tan delicados momentos.

Cuando llegó, la tensión se dibujaba en todos los rostros.

¿¡Cómo llegas tan tarde!?

Él, haciendo caso omiso de los reproches, se interesó por la salud de su padre.

Todo ha sido muy rápido. Ahora se encuentra con los médicos y estamos esperando el diagnóstico.

Un sudor frío recorrió su espalda mientras sentía la mirada inquisitiva de su hermana clavada en sus pupilas. No era la primera vez que percibía la frialdad de aquellos ojos hincados en los suyos. Rabia, protestas, furia contenida…, quién sabe qué albergaba su alma contra él en ese silencio atronador que lo atravesaba como saeta. Andrés desvió su atención hacia la ventana, en un intento por buscar algo de calma. No era momento de recriminaciones, ahora lo único que le preocupaba era el bienestar del enfermo y su pronta recuperación.

El doctor Néstor Cabot es uno de los más eminentes cardiólogos del país, y ahora se encuentra en el quirófano luchando por salvar la vida de Santiago, un hombre sexagenario con un agudo infarto de miocardio. Desde hace unos años, el doctor Cabot viene investigando con células madre con el fin de recuperar las células muertas del miocardio en caso de infarto. Hasta ahora solo había experimentado con roedores con gran éxito y hoy por fin tiene la oportunidad de hacerlo en humanos. La técnica consiste en sustituir el tejido dañado por otro con células madre cuyo crecimiento es controlado por un chip insertado en el cerebro. Hasta ahora se había resistido a realizar el ensayo en humanos, porque la colocación de un objeto electrónico en la corteza cerebral podía producir interferencias con las ondas alfa y el paciente sufriría reacciones adversas como hipersensibilidad acústica, crisis vagales e incluso ataques epilépticos. Una vez subsanadas las dificultades, ya estaba preparado para ponerlo en práctica sin problemas.

Cuando el doctor salió del quirófano, se dirigió a los hijos para comunicarles que la operación había sido un éxito. Días antes de la intervención les había explicado con detalle la novedosa técnica que iba a llevar a cabo.

Ahora solo queda esperar a que el nuevo tejido sea aceptado y, si todo va bien, en unos días podremos darle el alta.

Gracias, doctor, ha sido muy amable.

Los días siguientes fueron de un gran desasosiego, hasta que el paciente experimentó una notable mejoría y pudo regresar a casa. Eso sí, bajo la atenta vigilancia del equipo médico.

Llevo meses sin saber de ti, no me llamas ni vas a verme, pasas de mí como si fuera escoria, no hay derecho a que me margines de esta manera se lamentaba Miriam ante su hermano.

Mira, ya no somos unos niños y yo tengo mi propia familia a la que cuidar. En realidad eres tú la que no quieres saber de nosotros desde hace mucho tiempo y nunca has oído de mi boca reproche alguno. Ahora solo debe importarnos la salud de papá, él habrá sido un tirano pero es nuestro padre y al menos le debemos eso respondió con entereza.

Esta intervención ha sido toda una sorpresa y lo cambia todo, ahora resulta que va a quedar de salud mejor que nosotros.

Una cosa es cuidar a un enfermo del que sabes que tarde o temprano puede fallecer y otra muy distinta mantenerlo de por vida. Va a tener el corazón como el de un toro y no estoy dispuesta a seguir aguantando sus impertinencias por más tiempo.

Pues algo tendremos que hacer, yo tampoco puedo permitirme estar a cargo de él contestó Andrés contrariado.

Al poco tiempo le dieron el alta definitiva y en unos días pudo llevar una vida con total normalidad. Tenía asombrado a todo el mundo, hasta parecía más joven y se daba largos paseos sin ningún asomo de cansancio. A pesar de su buen estado de salud, al cabo de un año volvió a encontrarse mal y tuvo que ser de nuevo hospitalizado.

En esta ocasión le detectaron una pancreatitis aguda que se complicó con un fallo renal. Se produjo una sepsis generalizada y los médicos no pudieron hacer nada por salvar su vida. Después de quince días en coma, falleció dejando a la familia consternada por lo rápido del desenlace. A todos menos a los hijos que permanecieron impasibles ante lo ocurrido, como si de alguna manera estuvieran esperando el fatal desenlace.

Tras unos días de duelo, los hijos acudieron al notario para escuchar la lectura del testamento. Cuál no sería su sorpresa al descubrir que había dejado la totalidad de sus bienes a las Hijas de la Caridad, y a ellos solo una finca rústica con más deudas que beneficios.

Asombrados, preguntaron al notario y este les explicó que en una de las visitas que hizo a su padre al hospital le pidió cambiar el testamento, pues en cierta ocasión les escuchó con claridad planear su muerte con hexametazol, un veneno de total garantía que no deja huella en las personas y provoca una muerte lenta produciendo un fallo general de los órganos vitales.

¡Pero eso es imposible, él no pudo escuchar nada!, ¡estábamos en el jardín al otro lado de la casa!

¿No recuerdas lo que nos dijo el cirujano sobre los efectos secundarios del chip implantado en su cerebro?

¡Pero si lo dejaron todo solucionado! Lo que si es cierto es que últimamente tenía un oído finísimo, se enteraba de todo y debíamos andar con cuidado cuando hablábamos cerca de él. Pero de ahí, a escuchar nuestra conversación desde el otro lado de la casa, me parece inaudito.

¡Maldito chip! exclamó Andrés ¿Quién podría pensar en algo semejante?


Ricardo Fernández Moyano


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