Web personal de Ricardo Fernández Moyano

Relato

La Bolsa o la Vida
     
            6 €



Cuadernos de narrativa "Palabras contadas" Nº 4

AUTORES SELECCIONADOS: Estela Alcay, Sergio Allepuz Giral, Jorge Casasaltas Ramírez, Bárbara Fernández Esteban, Ricardo Fernández Moyano, Fernando García Maroto, Alfonso Gómez Villanueva, María Fraile, Salvador Giménez de la Vega, Amelia Martínez Callejo, Javier Osorio Piñero, Alba Piñol Farré, José Antonio Prades Villanueva, Carlos Rull Jarque, Ricardo Sanz Ibáñez y Raúl Vega Carvajal.


LA BOLSA O LA VIDA

Comenzó desanudándose la corbata, se despojó de la americana, besó maquinalmente a su mujer, cogió una cerveza del frigorífico y cayó pesadamente sobre el sofá, al tiempo que los zapatos resbalaban de sus pies. Después de un día agotador yendo de arriba abajo con las gestiones de la empresa, lo que más le apetecía era desconectar por completo. Cerró los ojos y trató de relajarse al máximo en un intento por olvidar las fluctuaciones de la Bolsa, los gritos de su jefe tratando de poner orden en aquel galimatías de números. El móvil no dejó de sonar en toda la mañana y los guasap llegaban continuamente informando sobre los últimos movimientos de las acciones, que tan pronto caían en picado como subían inesperadamente poniéndolo al borde del infarto. Decididamente, necesitaba con urgencia unas vacaciones. En un gesto de generosidad, su jefe le ha dado una hora libre, con motivo del viaje a Hong Kong.

Aún no había conseguido relajarse cuando de pronto sonó el teléfono.

—Robert, es para ti —le dijo su esposa.

—No estoy para nadie —contestó refunfuñando.

—Es tu secretaria, parece algo importante —insistió su mujer.

—Dime Elisabeth...

—Señor Lawrence, siento molestarle, pero tiene que venir, ha ocurrido algo terrible que requiere su atención.

—¡Le tengo dicho que no me llame fuera del horario de oficina, a no ser un asunto de vida o muerte!

—Si no fuera importante no lo habría llamado —susurró ella disculpándose.

—¡Está bien!, dígame que ha ocurrido —respondió sin mucho convencimiento.

—Al poco de marcharse usted, entró una señorita preguntando por el director y en cuanto estuvo frente a él, se subió la falda, sacó un revólver que llevaba en la liga y apuntándole a la cabeza le pidió que abriera la caja fuerte y le diera todo aquello que hubiera de valor —le explicó con la voz entrecortada.

—¿Un atraco!? ¿¡Quiere usted decirme que han atracado la oficina!? ¿¡Pero dónde vamos a llegar!? ¿¡Qué pasa que no tienen bastante con los bancos!? —bramó de manera desairada sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Eso no es lo peor, el señor Schmith, de la impresión se ha desplomado inconsciente en el suelo, entonces ha puesto la pistola junto a mi sien y me ha pedido la combinación, como yo no la sé, ha dejado que lo llame, pero si avisa a la policía ha prometido ponerse a disparar a los rehenes, por favor, venga lo antes posible —le suplicó entre sollozos.

—¡Dios santo! No se preocupe, ahora mismo voy para allá, mantenga la calma como pueda —le dijo tratando de tranquilizarla.

—¿Qué pasa cariño? —le preguntó su mujer asustada.

—Han atracado la oficina, al gordo le ha dado un ataque, tengo que ir inmediatamente —le contestó mientras cogía la corbata y la chaqueta.

—¡Que te olvidas los zapatos! —le recordó ella.

Cuando llegó, el panorama era desolador, su jefe estaba en el suelo bocabajo, con los ojos fuera de las órbitas, los empleados acurrucados en un rincón miraban con estupor a una hermosa muchacha rubia que con una pistola en la mano les vigilaba.

—¡Usted! —dijo dirigiéndose a Robert Lawrence con autoridad. —¡Abra ahora mismo la caja!

—Mire señorita —respondió con un tono suave de voz, tratando de calmar la situación. —Lo primero que tenemos que hacer es avisar a un médico para que atienda al señor Schmith, además, tenga en cuenta que esta caja es de apertura retardada, como la de los bancos y si tratamos de forzarla, sonará la alarma en comisaría y la policía se presentará aquí en un instante, tendré que llamar para avisarles de una apertura por emergencia.

—¡Bueno!, ¡haga lo que tenga que hacer, pero no olvide que le estoy apuntando a la cabeza! —respondió la chica airada, convencida que estaba en sus manos.

Cuando llegó el médico, se dirigió al director, le tomó el pulso en la carótida y le auscultó con detenimiento.

—Este señor tiene que ser trasladado inmediatamente al hospital, está muy débil —dijo moviendo de un lado al otro la cabeza.

—¡De aquí no sale nadie! —gritó la muchacha viendo que todo se había complicado demasiado.

—Vamos a ver señorita, —le preguntó el señor Lawrence, sin dar crédito a lo que ocurría. —¿Qué le hizo venir hasta aquí para atracarnos? ¿No se da cuenta que no va a conseguir nada?

—Necesito seis mil libras con urgencia, ¿esta no es la Caja de Fondos del Estado?

—¡Está usted equivocada! —respondió dejando escapar una sonrisa burlona, pese a lo dramático de la situación. —¡Es una Correduría de Bolsa!

Scotland Yard, después de realizadas todas las pesquisas, constató que se trataba de José Pérez y Pérez, un brillante investigador español con peluca rubia y un revólver de juguete.


Ricardo Fernández Moyano


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